LA AUTODESTRUCCIÓN DEL CABALLO DE TROYA: Una tumba para Boris Davidovich.


“... Apenas me había sentado en un aula de la universidad, me llevaron a la cárcel. Fui arrestado exactamente trece veces. De los doce años que siguieron a partir de mi primer arresto, pasé la mitad en campos de trabajo. Además, el difícil camino del exilio se llevó, en tres ocasiones distintas, tres años de mi vida. Durante mis pocas horas de "libertad" observaba, como si lo viera en un cinematógrafo, el paso de los tristes pueblos rusos, las ciudades y los acontecimientos mientras yo siempre estaba en movimiento, en un caballo, en un barco, en una carreta. No había un lecho en el que durmiera más de un mes seguido. He conocido el terror de la realidad rusa a través de las largas y lúgubres noches de invierno en las que las pálidas lámparas de Vasilievski Ostrov apenas parpadeaban y el pueblo ruso aparecía, a la luz de la luna, en su falsa y engañosa belleza. Mi única pasión fue aquel duro, encantador y misterioso trabajo de revolucionario... Perdóneme, Zina, y lléveme en su corazón, le resultará tan doloroso como si llevara una piedra en el riñón.”

Una tumba para Boris Davidovich

“Una sofocante noche de agosto del mismo año de 1921, en la villa de los Yeliseyev, estaba en curso una orgía, que la ya mencionada Olga Forš define, con la típica exageración femenina, como «una fiesta en los tiempos de la peste». El alimento obligado en esos años era un pescado salado que se servía con el terrible vodka Samogon, hecho, según algunas recetas alquimistas, de alcohol de quemar, corteza de abedul y pimienta. «Casandra» (Ana Andreyevna Ajmatova) tenía, aquella noche, uno de sus presentimientos proféticos, así que, de una exaltación extrema cayó repentinamente en una depresión enfermiza, bordeando un estado alucinatorio. No se sabe quién había traído la noticia sobre la ejecución del «maestro» (Gumilev). Con cierta certeza puede decirse solamente que la noticia corrió cual una pequeña, aislada tormenta magnética, entre todos los grupos antagónicos, divididos por sus claros programas ideológicos y estéticos. Darmolatov, copa en mano, tambaleándose, borracho, abandonó la mesa de Casandra para dejarse caer en el raído sillón del difunto Yeliseyev, que esperaba, vacío, al lado del escritor proletario, Dorogoychenko.”

Una breve biografía de A.A. Darmolatov (1892-1968).



Hay libros que son algo más que las historias que cuentan. Una tumba para Boris Davidovich es uno de ellos. Publicado en 1976, enseguida se vio inmersa en una agria polémica. “La polémica literaria más grande de la posguerra en Yugoslavia”, en palabras de la prensa de la época. Acusada de distorsionar la realidad primero y de plagio después, nos lleva a preguntarnos, ¿qué tiene Una tumba para Boris Davidovich para provocar todo esto?

El autor, Danilo Kiš, nació el 22 de febrero de 1935 en Subotica. De padre judío húngaro y madre montenegrina, sufrió a lo largo de su vida dos tipos de totalitarismo: el fascismo y el estalinismo. Su madre le bautizó para protegerle de las persecuciones antisemitas. Siendo niño su familia se instaló en Novi Sad, pero tras las Jornadas Frías de 1942 (la matanza de serbios y de judíos a manos de los fascistas húngaros) se instalaron en la localidad natal de su padre. Allí su padre fue enviado a Auschwitz desde donde nunca regresaría.  En 1947, gracias a la Cruz Roja, fue repatriado junto a su madre a Montenegro, donde cursaría sus estudios del liceo para posteriormente asistir a la Universidad de Belgrado donde estudió Literatura comparada. En 1979, tras la polémica de su obra Una tumba para Boris Davidovich, se instaló en Francia donde diez años después fallecería el 15 de octubre víctima de un cáncer de pulmón.

La prosa de Kiš es audaz y bella. También densa y en ella se adivinan sus inicios como poeta. Con ella buscaba mostrar otro tipo de narración de los acontecimientos, íntima, como contraposición a la Historia oficial, falseada y tergiversada, dando voz a aquellos protagonistas anónimos que no han tenido su espacio en los libros; abordando las tragedias con humor, un humor negrísimo,  e ironía. Su carrera literaria estuvo siempre alejada de los dogmas culturales dominantes de la época, lo que le dio más de un problema.

Una tumba para Boris Davidovich recoge siete relatos con un tema común: la persecución política o ideológica totalitarista. El trágico destino, principalmente de los militantes del Komintern, a manos del sistema que ellos mismos ayudaron a instalar: el estalinismo. Cada uno de los relatos habla del fanatismo y la intolerancia, de la manipulación y de las mentiras institucionalizadas.

En La navaja con la empuñadura de palo rosa nos encontramos con una historia nacida de la duda y la sospecha, fruto de las rencillas de los distintos grupos revolucionarios.
La marrana que devora su camada narra la historia de un joven irlandés que hechizado por el romanticismo de la revolución se une a la decimoquinta brigada angloamericana Lincoln en el bando republicano. Allí se verá inmerso en las paranoias e intrigas contrarrevolucionarias.
Los leones mecánicos narra al peregrinaje de Éduoard Herriot, político francés, al “paraíso de los trabajadores” (la URSS) para comprobar si es cierto todo lo que dicen. En ese momento, el Komintern, se ve inmerso en su propia farsa y, en una pantomima bien cómica, debe acondicionar todo el patrimonio que ha destruido por ser contrario a sus ideas para adecuar la realidad a su propia propaganda.
El mágico circular de los naipes cuenta una historia centrada en el gulag.
Una tumba para Boris Davidovich, relato que da título al libro, narra la historia de un conspirador “profesional” hasta que su visión del estalinismo le llevan a ser víctima de él.
Los perros y los libros es la única de las historias no relacionada con el estalinismo, aunque sí con otra forma de totalitarismo. Ambientada en Francia, se desarrolla durante las persecuciones y conversiones forzosas de los judíos a manos de los cristianos.
Y Una breve biografía de A.A. Darmolatov (1892-1968) cuenta la vida de un poeta del régimen.

En todos y cada uno de los relatos queda patente los entresijos del estalinismo. Lo absurdo de la purga estalinista donde, lo importante no saber lo que realmente ha sucedido sino que, el encausado tiene “el deber moral” de hacer una falsa confesión y admitir el relato que ellos, los acusadores, han inventado. Todo por el bien del partido, todo por el bien de la ideología.


La ideología: las tendencias prorrusas (comunismo) y el antisemitismo. Ese fue el principal motivo del virulento ataque sufrido por parte de la Unión de Escritores de Yugoslavia (encabezados por Dragan Jeremić y Branimir Šćepanović). Para entender como la ideología puede llevar a todo esto hay que conocer un poco el marco en el que nos movemos: Yugoslavia. Yugoslavia era una república federal, conformada por un gran número de nacionalidades, cada una de ellas con sus grupos étnicos y creencias religiosas. Todos ellos con cuentas pendientes ­­­­por saldar, ya fueran propias o de sus antepasados ( y por desgracia continúa siendo así). A este crisol hay que añadir toda la serie de partidos políticos, con la Unión de Comunistas Yugoslavos a la cabeza. Cada uno de ellos con su ideología. Y hay que tener en cuenta que, en este pequeño país, toda ideología lleva implícito algún tipo de nacionalismo.

Todos estos ataques estuvieron muy bien orquestados. Comenzaron con llamadas, rumores en cafés «entre bastidores, en nuestros “salones” y clubes literarios, en nuestro tugurio poético», artículos en la prensa... «Declaraciones públicas, semipúblicas o secretas», tras las cuales corrieron a ocultarse tras sus instituciones oficiales.  

La primera  acusación fue la de distorsionar la verdad histórica. Una acusación que llama la atención principalmente porque Una tumba para Boris Davidovich no muestra en ningún momento la situación de Yugoslavia: ninguno de sus relatos suceden allí y ninguno de sus personajes es yugoslavo. Lo que tienen en común los protagonistas de todas las historias (excepto en Los perros y la vida cuyo protagonista es judío, fe odiada y perseguida por el estalinismo) es la ideología que procesan. Como indicó Joseph Brodsky:

« En esencia, Una tumba para Boris Davidovich es un informe abreviado y en clave de ficción de la autodestrucción de aquel caballo de Troya, loco y desbocado, llamado Komintern. La única cosa que sus pasajeros —los personajes de Danilo Kiš— tienen en común con ese pequeño país es la ideología que ese país profesa hoy día y en cuyo nombre fueron asesinados ayer. Al parecer, eso bastó para enfurecer a los más incondicionales.»


La Unión de escritores le exigió que revelara sus fuentes históricas. Kiš usaba documentos de la época al igual que Borges usaba las enciclopedias. Cuando explicó su método se le acusó de «infectar la realidad socialista con perniciosas prácticas foráneas».  Cuando demostró que toda y cada una de sus fuentes era real, que había repetido algunos testimonios palabra por palabra le acusaron de plagio. La lista de supuestos plagiados era impresionante. Desde Solzhenitsyn, James Joyce, Mandelstam a Borges. Curiosamente algunos de los escritores supuestamente plagiados habían sido perseguidos por el estalinismo.

La campaña de difamación duró siete meses (de septiembre de 1976 a marzo de 1977) a pleno rendimiento. Kiš intentó defenderse en la prensa, pero se le negó este derecho aludiendo a una supuesta imparcialidad. La misma prensa que con su “imparcialidad” había avivado el fuego sacando de contexto sus artículos y declaraciones.

El caso terminó finalmente en los tribunales. Danilo Kiš se encargó el mismo de su defensa, y lo hizo literariamente ya que era la única forma en que admitía discutir el tema. Diseccionó su obra como si de una autopsia se tratara, pero también hizo lo propio con las obras de aquellos que le acusaban para demostrar para juzgar ninguno de sus libros ya que « no estaban cualificados ni moral ni literariamente». Kiš ganó aquel juicio y de todo aquello nacería su obra Lección de anatomía.

Tras esto debió enfrentar un nuevo juicio, esta vez fueron los cabecillas de la Unión de Escritores por la forma en que había despedazado, sin piedad ni compasión, sus escritos. Kiš ganó este nuevo juicio. Fue tras todas estas vicisitudes que se “exilió” en Francia.
                                                                                         
 Una tumba para Boris Davidovich ha sido editado por Editorial Acantilado al igual que otras obras del mismo autor. 


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